Fue culpa de mi padre, los maristas y Jack Kerouac.
Mi padre, porque tuvo la visión de regalarme ese gran librero blanco con la Enciclopedia Infantil Salvat, en cuyas páginas descubrí las leyendas y maravillas del mundo antiguo.
Los maristas, porque gracias a su método nazi de mecanografía consistente en escribir sobre las trasatlánticas máquinas Olivetti con teclas que no tenían letras sino colores, y mirar el teclado implicaba un 5 en la materia, me volví el más rápido de la escuela.
Y cuando mi difunto mejor amigo puso en mis manos On the road de Jack Kerouac, el cielo se partió en dos, cayó un ángel desterrado del paraíso y me indicó el camino: poner el dedo en la yaga cuanto fuera posible, nombrar lo innombrable, surcar lo insondable, desenvainar la espada de la escritura sin límites, frenética, vital.
Entonces decidí hacerme escritor.
Porque nada me sale tan bien como planchar el teclado mientras mis dedos bailan tap despertando a los vecinos, o seducir a todas aquellas mujeres cuando les comparto mis poemas.
Porque hay alguien en mí, que soy el otro, y que clama con necesidad venérea encontrar un cauce en este mundo a partir de la fuerza y empuje de mi voz, alertas los sentidos en la sinestesia tántrica de elevar cantos de alabanza al Universo, conectándome hasta ser parte del gran ritmo originario.
Porque despierto feliz de saber que todavía tengo qué decir y me acuesto preocupado por cómo decirlo.
Porque sólo al gritar y ser escuchado comienzo a ser, purgando todos los males del mundo y transformándolos en el eterno Amén de gratitud ante la vida, y no hay otra manera de hacerlo que a través de ese gran acto de generosidad que se llama escribir, mi motor vital, mi morada espiritual, mi amor primigenio, mi lugar en este mundo.
miércoles 25 de marzo de 2009
TODAS LAS MAÑANAS ME LEVANTA SLIM
Todas las mañanas me levanta Slim,
A las 7 antes meridiano,
Su secretaria cortésmente me avisa
Que debo la renta del teléfono
Esto se repite
2 veces más al día,
a las 12, hora del saham sahara
y a las 5, hora del thé en Inglaterra.
Su puntualidad es eminente
Y la sorpresa de su calidad de atención
Es impecable,
Hasta que uno comienza
A tener problemas con el teléfono
Entonces se arriba al laberinto
Y nunca se conoce al minotauro
Ni halla pistas,
Ni encuentra fraseos,
Se es solo un esclavo escondido
en la remotuidad
Del ruido blanco.
A las 7 antes meridiano,
Su secretaria cortésmente me avisa
Que debo la renta del teléfono
Esto se repite
2 veces más al día,
a las 12, hora del saham sahara
y a las 5, hora del thé en Inglaterra.
Su puntualidad es eminente
Y la sorpresa de su calidad de atención
Es impecable,
Hasta que uno comienza
A tener problemas con el teléfono
Entonces se arriba al laberinto
Y nunca se conoce al minotauro
Ni halla pistas,
Ni encuentra fraseos,
Se es solo un esclavo escondido
en la remotuidad
Del ruido blanco.
AMEN
Amén,
A ti,
Eterna.
Amén a ti,
paraíso perdido,
cataclismo consumado.
Amén a ti,
dulce de leche,
cocada,
palanqueta alabada.
Amén a ti
Señora
que cantas
armónica,
por la ventana.
A ti,
Eterna.
Amén a ti,
paraíso perdido,
cataclismo consumado.
Amén a ti,
dulce de leche,
cocada,
palanqueta alabada.
Amén a ti
Señora
que cantas
armónica,
por la ventana.
THE BLUE MEANIES
La luz del sol forma caleidoscopios sobre Reforma,
las marchas continúan haciéndose sentir
en rostros de hartazgo seda italiana,
tacones inapoyables recubrimiento de asfalto,
motores que desearían ser aviones
y aire acondicionado never enough.
Las bancas que adornan esta aspiración romántica de Juárez
y sus reformistas,
vuelven más cándido el juego del espectro solar
de los árboles
que tiene sin cuidado a esta pareja de azules,
como los pitufos,
de poliéster y elastano,
y aún así camiseta blanca bajo todo.
Los dos, El y Ella, hacen guardia.
O eso parece.
Sus cuerpos firmes y ojos atentos
procuran hacerle honores al dicho de
La policía siempre en vigilia.
Pero Ellos hacen que vigilan.
Sus ojos se mueven con cada transeúnte
mientras hablan de lo que harán
cuando El ascienda
y Ella se salga
para casarse y ser madre,
otro tipo de policía.
Sus voces parecen suavizarse,
sus ojos denotan noviazgo cómplice de 3 días
y el ardor de sus manos quiere escapar
de sus guantes blancos
y gritar el amor entre colegas de ronda,
pero les está prohibido.
Ella es un grado mayor que Él.
Se le nota en su iniciativa.
Los dedos blancos que recorren el cinturón blanco del compañero
para pasearse por la culata de su revólver
y entonces imaginar cómo sería de verdad en la cama,
y la candidez de este muchacho venido de Oaxaca para ser policía,
se vuelve rapto que toma el guante coqueto y trata de violar la ley,
-De todas maneras nunca se escapa a la corrupción-
Y el aviso de su superiora lo hace ponerse firmes, olvidar lo que son,
y portar el traje como les dijeron en la Academia,
con valor,
con honor,
con pasión.
Y ¿Quién hubiera pensado
que estos seres azules
podían ser algo más
que sólo estos seres azules?
las marchas continúan haciéndose sentir
en rostros de hartazgo seda italiana,
tacones inapoyables recubrimiento de asfalto,
motores que desearían ser aviones
y aire acondicionado never enough.
Las bancas que adornan esta aspiración romántica de Juárez
y sus reformistas,
vuelven más cándido el juego del espectro solar
de los árboles
que tiene sin cuidado a esta pareja de azules,
como los pitufos,
de poliéster y elastano,
y aún así camiseta blanca bajo todo.
Los dos, El y Ella, hacen guardia.
O eso parece.
Sus cuerpos firmes y ojos atentos
procuran hacerle honores al dicho de
La policía siempre en vigilia.
Pero Ellos hacen que vigilan.
Sus ojos se mueven con cada transeúnte
mientras hablan de lo que harán
cuando El ascienda
y Ella se salga
para casarse y ser madre,
otro tipo de policía.
Sus voces parecen suavizarse,
sus ojos denotan noviazgo cómplice de 3 días
y el ardor de sus manos quiere escapar
de sus guantes blancos
y gritar el amor entre colegas de ronda,
pero les está prohibido.
Ella es un grado mayor que Él.
Se le nota en su iniciativa.
Los dedos blancos que recorren el cinturón blanco del compañero
para pasearse por la culata de su revólver
y entonces imaginar cómo sería de verdad en la cama,
y la candidez de este muchacho venido de Oaxaca para ser policía,
se vuelve rapto que toma el guante coqueto y trata de violar la ley,
-De todas maneras nunca se escapa a la corrupción-
Y el aviso de su superiora lo hace ponerse firmes, olvidar lo que son,
y portar el traje como les dijeron en la Academia,
con valor,
con honor,
con pasión.
Y ¿Quién hubiera pensado
que estos seres azules
podían ser algo más
que sólo estos seres azules?
CADA VEZ QUE DIGO ADIOS
El sol explota,
las hojas vuelan transfigurándose en abanicos,
inquietante hormigueo en las costillas,
no,
más abajo.
Piernas de polvo,
pies como ataúdes,
la sonrisa del viento,
y el agua bautismal
del ardor.
Una comezón indecible
en los brazos
la mirada plancha el pavimento.
Horizonte que desvanece
Y las miríadas de estrellas
por descubrir…
las hojas vuelan transfigurándose en abanicos,
inquietante hormigueo en las costillas,
no,
más abajo.
Piernas de polvo,
pies como ataúdes,
la sonrisa del viento,
y el agua bautismal
del ardor.
Una comezón indecible
en los brazos
la mirada plancha el pavimento.
Horizonte que desvanece
Y las miríadas de estrellas
por descubrir…
SUNSET AT FOXYS
Sentarse al table
con las manos cruzadas tras la nuca,
tragar saliva y exhalar jabón barato,
el más almizclado que nunca,
Leer en la carta todo a precios
que podrían comprar
una noche con Madonna,
y aún así no encontrar esa bebida
que quite el ansia,
la sed de amor.
Sentarse y ver a las mujeres bailar,
convencer al mesero del 2X1,
pedir el vodka más barato
y escuchar In A Gadda Da Vida
entendiéndola a la perfección,
mientras descubro cantos de Náyades
en los reflejos de los rayos láser
acariciando las pantorrillas de Yadirah
Y cuando acaba la canción,
seguir sentado en otro table,
y reir con los trailers de películas
yakuzas en los monitores,
mientras una morena tostada
relumbra los estrobos
haciéndolos música, entendiendo por fin
que Jesucristo no estaba equivocado
al remojar la Magdalena.
con las manos cruzadas tras la nuca,
tragar saliva y exhalar jabón barato,
el más almizclado que nunca,
Leer en la carta todo a precios
que podrían comprar
una noche con Madonna,
y aún así no encontrar esa bebida
que quite el ansia,
la sed de amor.
Sentarse y ver a las mujeres bailar,
convencer al mesero del 2X1,
pedir el vodka más barato
y escuchar In A Gadda Da Vida
entendiéndola a la perfección,
mientras descubro cantos de Náyades
en los reflejos de los rayos láser
acariciando las pantorrillas de Yadirah
Y cuando acaba la canción,
seguir sentado en otro table,
y reir con los trailers de películas
yakuzas en los monitores,
mientras una morena tostada
relumbra los estrobos
haciéndolos música, entendiendo por fin
que Jesucristo no estaba equivocado
al remojar la Magdalena.
FELIZ CUMPLEAÑOS, TIMMY
Cuento para ser ilustrado.
A Edward Gorey.
I
Cuando Timmy salió del dentista, el doctor le dijo a mamá que todo iba muy bien. Incluso se atrevió a comentar en tono de broma que sería un hombre de mucho colmillo. Esto representaba una ventaja para Timmy, pues gracias a su filuda dentadura, era el único niño de su clase que alcanzaba librarse del terrorífico taladro barrenador de dientes del dentista.
En la calle soleada, mamá extendió la gran sombrilla negra traída de aquel viaje a Rumania cuando visitaron el castillo de los abuelos, y cubrió a Timmy junto a ella. ¡Cómo disfrutaba Timmy ir al castillo de los abuelos! Recorrer esos interminables pasadizos secretos que lo conducían a la gran biblioteca con libreros de ébano que contenían la sabiduría de otros tiempos, elegantes y espaciosos salones de baile, juegos y armas, recámaras decoradas con mobiliario traído de exóticas y lejanas tierras por sus antepasados. Y al atardecer, justo antes de la merienda, salir a correr y revolcarse en los grandes jardines con intrincados laberintos de arbustos, fuentes esculturales y hermosas higueras. Y entonces, al caer el sol, subir hasta la torre del castillo para ver romper el Mar Negro en toda su tempestad, mientras su capa se eleva al viento y sus ojos se iluminan en un fulgor demoníaco al escuchar rugir los truenos, verlos fundirse con el horizonte y darle la vuelta a los confines de la esfera terrestre.
La carroza fúnebre llegó. La manejaba Mario, un hombre pálido y ojeroso de cabello chino e impecablemente vestido con uniforme de chofer, gorra y guantes blancos incluidos. Esta era la parte que más disfrutaba Timmy de salir con mamá: entrar a la carroza, deslizarse en los sillones de terciopelo negro, ver Ernest o Mona la Vampira en la pantalla adaptada al vehículo, escuchar The Horrors en el estéreo, o simplemente tomar sangría mientras jugaba a subir y bajar la ventana eléctrica, dejar al viento revolver su cabellera y hacerlo parpadear para descubrir microscópicos halos de luz filtrándose por sus pestañas formando caleidoscopios.
El día de hoy, 1 de noviembre, a las 12 de la noche de Transilvania, 6 de la tarde de México, Timmy cumpliría 7 años. Según la tradición familiar, tendría lugar un arcano rito de iniciación que el chico esperaba con ansiosa curiosidad desde que nació, cuando papá y mamá lo alumbraron en la Ceremonia de Recibimiento y le prometieron que en su séptimo año de vida, le concederían el más grande regalo que se le podía dar a alguien en el mundo, un don que superaba en infinitos grados de intensidad al de la propia vida.
En cuanto llegó a casa, una mansión gótica del siglo XIX ubicada en la inmensidad del bosque, rebosante de balcones agrietados por el tiempo, frondosos eucaliptos verde oscuro y oyameles que se elevan hasta las nubes, Timmy cruzó la planta baja decorada con adornos de Halloween, Día de Muertos y un pendón que decía “Feliz cumpleaños, Timmy”, y bajó dando saltos al sótano, su cuarto de juegos. Ahí, mientras mamá preparaba el ponche de grosella y frutas rojas receta de la casa, Timmy comenzó a iluminar el dibujo de Santo luchando contra una vampira que calcó de un fotograma encontrado en los viejos recuerdos de su difunta tía abuela, actriz de Santo contra las Mujeres Vampiro.
De pronto, Timmy escuchó un rechinido en el rincón oscuro del sótano y se acercó sigilosamente para ver de qué se trataba. Ante sus ojos, el sarcófago egipcio regalado por un diplomático inglés a papá, embajador de Rumania en México, se desplomó, abriéndose y dejando salir a tío Herman, quien se había quedado atrapado al practicar su número de escapismo disfrazado de la momia Tutankamon.
-¡Wow! ¡Eso sí que es regresar de ultratumba! –expresó tío Herman tratando de recobrar el aire- ¿Listo para esta noche, pequeño Timmy?
-¡Sí! ¿Tú sabes qué me regalarán esta noche, Tío Herman?
-Lo sabrás cuando llegue la hora. Lo único que puedo decirte es… ¡Qué te voy a regalar! ¡Te leeré las cartas!.
A Timmy le deslumbraba ver todas esas imágenes místicas llenas de rayos luminosos, seres que vuelan, soles, lunas, jarrones, espadas, paisajes, caminos que se pierden en el horizonte, escaleras al cielo, fuentes, demonios y ángeles. Y durante las tres distintas tiradas, le salieron las tres mismas cartas: el diablo, el amor y la fuente de la vida.
-Estas fueron las cartas del alquimista Alister Crowley, y son infalibles. Leo en ellas que tu futuro se abre ante la fuente de la dicha que lleva a la larga vida. Encontrarás un amor que te llevará por el camino de la felicidad si respetas los designios del Padre Tiempo. El don que hoy estás por recibir podrá hacerte sabio, poderoso y amado. Pero si únicamente te dejas llevar por el resplandor de la apariencia, y el fuego del ansia animal de poder, vida y conocimiento, te arrollara en el alarido salvaje de la impaciencia más allá de la razón, sin estar preparado, sin hacerle caso al alma o consultarlo si quiera con tu corazón, haciéndole daño a quien más quieres, las sombras de millones de reinos de tinieblas que respiran en el mundo desde antes de todos los tiempos se cernirán sobre ti y tu descendencia. Acepta con júbilo todo lo que hoy se te dará. Respeta y atiende las señales del destino. Se paciente. Espera alerta la decisión de tu corazón y no la de tu ambición natural, y entonces serás digno sucesor de tu padre y de toda tu antigua dinastía, encontrarás la prosperidad y tendrás una vida muy feliz.
Timmy no alcanzaba a comprender los enigmáticos acertijos de su tío. Sin embargo, la parte del amor le gustaba y lo llenaba de ensoñaciones. En eso sí le habían atinado las cartas del Sr. Crowley. Porque, por primera vez, el corazón de Timmy, a sus casi 7 años, latía por alguien más: Elena, su compañera de clase.
Los grandes ojos negros y brillantes de Elena, y ese gusto que compartían por leer historias de espantos y aparecidos, provocaban en Timmy una sensación de vacío llenando de aire el estómago cada vez que la veía, provocándole una extraña mezcla de emoción con escalofríos. A veces, Timmy estaba a punto de soltarlo todo, de decirle tantas cosas a Elena, y al momento de hacerlo, solo salía silencio, un silencio que la chica comenzaba a interpretar respondiendo con sonrisas y pestañeos pispiretos justo cuando la campana rompía el encanto del patio de recreo, y entonces regresar al gris y frío salón de clases. Frío como una tumba, pensaba Timmy.
Esta sería la primera vez que Elena iría a casa de Timmy.
-Poco tiempo y sólo por tratarse de su cumpleaños- le dijo mamá a Elena.
-Convendrá ir a asomarnos. Ese chico y su familia siempre me han parecido sospechosos- afirmó papá.
-¿Cómo que sospechosos, papi?
-Así hija, medio macabros, tétricos, raros. Es mejor estar seguros de con quién te llevas en la escuela.
-Pero Timmy es mi mejor amigo. Y no tienes nada qué temer de él. No es como los demás niños, brusco, peleonero, o como el hijo de tu amigo Frank, que lo castigaron por haber pisado una rana para llevársela al laboratorio de su papá y revivirla. En cambio Timmy… -suspirando- hasta le gusta leer. -Exacto, hijita, desde que te juntas con ese chico estás leyendo cosas muy raras y hablas en la noche. Y lo que haga o no Frank, es su problema.
-Definitivamente iremos a la fiesta de ese Timmy, pero de entrada por salida.
-Pero…
-Eso fue todo señorita, o mañana no habrá fiesta de cumpleaños.
Elena cumplía un día después de Timmy. “Somos amigos del mismo signo, acuario”, le dijo el chico después de que se presentara y le regalara un pedazo de su chocolate. Más le valía a Elena cerrar la boca, portarse bien ante los ojos de sus papás y mantener en secreto esa nueva atracción que sentía por su amigo, y que iba más allá de compartirle el sándwich de mermelada de fresa en el salón. Y así lo hizo.
Papá llegó a casa. Al verlo entrar con ese aire de adusta firmeza que inspiraba su porte de doctor en historia antigua de Europa, Clarita, la mucama albina, se dispuso a poner la mesa con la dedicación necesaria para que el señor Vladimir le diera el día libre mañana y así poder salir con Irving, jardinero de la casa por las mañanas y enterrador por las noches. Papá dejó abrigo, sombrero y bastón en el perchero, e inmediatamente fijó sus ojos severos en los de Timmy, quien sin perturbarse, le sostuvo la mirada. Entonces Don Vladimir explotó con la sonrisa más grande de la que era capaz debajo de esos bigotes afileteados por su barbero italiano, y recibió a Timmy en sus brazos, orgulloso de ser el padre de otro prodigio Dracul que cumplía 7 años.
La hora del rito se acercaba, pero antes, un preludio. Los abuelos mandaron desde Transilvania una cinta filmada en 16 mm que se proyectó en el pequeño cine de 20 butacas en la sala contigua al estudio de papá. En la película, abuelo y abuela le deseaban a su nieto el inicio de una nueva vida llena de felicidad, recomendándole siempre recordara sus orígenes y sobre todo, su misión en este mundo. Y por supuesto, como regalo de cumpleaños, había un boleto abierto a Transilvania para que Timmy fuera cuando quisiera. Ahí podrían presentarlo ante la sociedad, sus amigos y la cofradía secreta que presidía el abuelo, Los Dragones Dorados, una legión de antiguos caballeros que propagaban la sabiduría a través de la magia y la alquimia.
Una vez terminada la proyección, marcaron las 6, y comenzó la ceremonia de iniciación. Papá, mamá y tío Hermann, llevaron a Timmy a una cámara secreta detrás del librero con los volúmenes de mitología fantástica de la biblioteca. La escena, entre paredes negras y rojas de donde pendían cuadros de antiguos familiares, estaba formada por un ataúd reluciente color negro, flanqueado por cuatro cirios encendidos y arreglos florales con las rosas de Juárez más negras que Timmy había visto en su vida.
Mamá le puso a su hijo una bella capa de seda china color negro que reflejaba las flamas danzantes de las velas queriendo desprenderse del cirio y elevarse al cielo. Papá también se puso una capa y cubrió su rostro con una máscara de metal y con el gesto de un rictus demoníaco fuera de este mundo.
Tío Herman hacía música con el Theremin que sus primos utilizaron para musicalizar películas mexicanas de ciencia ficción y que en este momento llevaba a Timmy a un estado de trance sonoro. Por la cabeza del chico solo atravesaban las ganas de ver a Elena y regalarle la cajita musical que le había comprado en la vetusta tienda de antigüedades donde mamá adquiría su joyería. Se trataba de un cofrecito de hierro forjado en Toledo que resguardaba a una princesa de rasgos afilados girando sobre su propio eje, en una punta, al ritmo de una melodía de Frederich Chopin. Y cuando Timmy vio la cajita, pensó que al regalársela a Elena podría por fin decirle que la quería como su princesa.
Mamá le descubrió el pecho y el cuello a su hijo, indicándole se hincara en el reclinatorio frente a su padre, quien preparaba la unción con aceites y un líquido rojo y viscoso más parecido a la sangre que al ponche de grosella y frutas rojas de mamá. Papá habló.
-Timmy, hijo mío. Durante siglos, desde la aparición del ser humano sobre la Tierra, la dinastía Dracul ha sido sinónimo de caballeros, guerreros de la noche e ilustrados. Lo mismo reyes, que artistas o poetas, grandes guías espirituales, estadistas, amantes o conquistadores, nuestra familia ha prolongado su existencia fortaleciéndose a lo largo de los años, manteniendo intacta su beta sanguínea y, lo que es más importante, hijo mío, cada uno de sus miembros ha tenido el privilegio de recibir el regalo más maravilloso que existe en el Universo: la vida eterna.
Mamá colocó en el atril de lectura el antiguo libro de Nod. Al abrirlo, levantó polvo haciendo estornudar y toser a los presentes. Timmy se preguntaba si papá tendría más máscaras así y si podría prestarle unas para ir a próximas fiestas de disfraces. Tío Herman lo cargó e introdujo al ataúd. Timmy no sabía qué pensar. Para él los ataúdes tenían más que ver con muerte y el frío de su salón que con vida eterna. Pero, como le dijo tío Hermann, debía seguir con devoción cada parte del rito, pues solo así podría conocer ese regalo que llevaba esperando 7 largos años, y después, disfrutar con Elena y sus amigos la tan anhelada fiesta de disfraces.
-Aquí, en este féretro, de ahora en adelante, recostarás tus alegrías, tus penas, tus ensoñaciones diurnas, tus pesadillas, tus deseos; el fuego interno que hoy está por encenderse en tu alma errante. Esta caja negra será ahora tu casa en el mundo, el hogar que llevarás contigo a donde vayas, arropándote con la tierra de los montes Cárpatos Transilvanos, que te recordará por siempre tus orígenes y donde podrás ocultarte largas horas del terrible sol que cegará tu visión y que nunca más volverás a ver de manera directa, viviendo de noche, durmiendo de día, y a la escuela por la tarde.
Al decir esto, papá pasó sus manos por el cuerpo de Timmy, creando un campo magnético entre sus palmas y el corazón del chico. Timmy sentía que algo dentro de él comenzaba a revolverse, algo así como el vacío en el estómago que experimentaba cuando se despedía de Elena. Y tuvo ganas sordas de gritar, como si le extrajeran el corazón y le sacaran el aire. Entonces le dieron el brebaje.
-Esta es la sangre de la alianza eterna con el reino de la oscuridad. De ahora en adelante, Timmy, con este virginal líquido en ti, sentirás la necesidad de ese calor de 36ºC que nos llena de vida y juventud.
¿Sangre?, pensó Timmy. ¿De verdad me están dando a beber sangre? Sabe diferente a la que probé cuando me raspé la rodilla. Esta es dulce, el sabor más delicioso que he conocido, mejor que el ponche de mamá.
-Ahora, hijo, es momento de que sepas realmente quién eres. Tu madre y yo estamos a punto de regalarte la vita aeternus. Consérvala a través de la sangre joven de doncellas, quienes serán tu alimento vital, pero sólo a una podrás compartirle la generosa gracia que estamos a punto de brindarte. Y cuando llegado el tiempo encuentres a tu dama de la noche interminable, deberás darle de tu boca el designio infinito que la haga eterna compañera en tu reinado de tinieblas. Para lograr esto, tendrás que entrenarte, llegar a la templanza de tu sangre, el dominio de tu corazón, amaestrando sus signos malignos y combatiendo los obstáculos que encuentres a tu paso, tales como cazadores nocturnos, super luchadores y buscadores de fenómenos paranormales. Día con día, me encargaré de prepararte para que llegues al objetivo que te ha sido encomendado: unir de nuevo a nuestra raza y hacerla una fuerza mundial. Ahora, toda la sabiduría que corre por mis venas desde hace más de 2000 años, así como el impetuoso instinto de vida que respira en tu madre, te pertenecerán a través de nuestra extremaunción. Hijo, hoy te haces un vampiro, y hoy naces a la vida eterna.
Al decir esto, papá y mamá besaron ambos lados del cuello de su hijo, asomaron sus colmillos, y se los clavaron en la yugular, arrancándole un suave y agudo grito suspirado desde lo último de ser humano que se despedía de Timmy. Entonces su visión se fue a un negro total y se vio sumido en un sueño plagado de imágenes sangrientas; peleas entre ángeles y demonios, sombras que se acercaban para arroparlo en medio de la oscuridad, las caras de sus abuelos, sus padres y Elena, la bella Elena que inspiraba en él tanta vitalidad, tantas cartas de amor que no le había dado por temor a romper esa amistad que Elena sentía 1005 sincera y que cada uno de ellos, por su parte, había deseado algún día fuera para siempre.
Y el sonido del Theremin lo llevó a Timmy volando por las escarpadas montañas de Transilvana, atravesando cámaras y recámaras de antiguos castillos, tempestades marinas divisándose desde enormes riscos, atardeceres encendidos que lo llenaban de vida…
Y sintió dentro de él un calor que se convertía en sudor frío, en ansiedad de poder, conocimiento y sangre joven…
II
Tío Herman abrió el féretro, y Timmy, de cara mortecina y ojerosa, fue recibido con un gran aplauso y un pastel en forma de Batman, su superhéroe favorito, con 10 velas encendidas.
-¡Bienvenido a la larga y jugosa vida eterna, hijo mío!
-¡Corazón, recuerda que siempre deberás guardar este secreto y escoger con mucha cautela a quién le regalas tu don, tal como tu padre me lo dio a mí!
-Sólo vela a los ojos, y si en la oscuridad más profunda alcanzas a reflejarte en el centro de sus pupilas, será la señal que te indique debes regalarle lo que acabas de recibir.
-Cuando sientas la necesidad, el ansia, no podrás contenerte, pues es condición de nuestra existencia. –Así le previno mamá de no resistirse al llamado de la sangre, mientras le regalaba una edición del siglo XIX de Drácula– Esto es lo que han dicho de nosotros. La única realidad es que cuando amamos a alguien, cuando encontramos la causa de nuestra emoción, estamos condenados a regalarle la inmortalidad.
Clarita entró para avisar que los niños habían comenzado a llegar. Entonces Timmy corrió a su espejo para arreglarse, pero ya no había reflejo.
-Viene con el paquete, hijo –le hizo saber tío Herman- Ya nunca más podrás verte en un espejo. De hecho, deberás cuidarte de ellos para toda la vida, porque pueden delatarte.
Y después de estrellar su espejo de niño para nunca más olvidarse de su imagen, Timmy y toda la familia salieron a recibir a sus invitados, quienes a cada saludo, no dejaban de admirar su elegante y lustrosa capa.
-¡Oorale!
-¡Pareces un vampiro de verdad!
Elena llegó a la fiesta. Su cabello azul oscuro relumbraba como un aura, el vestido de tirantes que le llegaba hasta la rodilla, disfrazada como Coraline, le daba un inspirador aire de ternura y belleza. Y entonces, Timmy deseó que este momento durara para siempre. ¿Pero por qué conformarme con este momento si puedo hacer que Elena y yo estemos juntos por siempre de los siempres? Y al saludarse, Elena le dio a Timmy una caja negra de cartón con un moño lila y una tarjetita que decía: “Por este y muchos cumpleaños. Tu siempre amiga, Elena”. Mi siempre amiga Elena, pensó, y fue cuando Timmy supo que podrían ser algo más que amigos. Abrió el regalo torpemente debido a los bombeos dilatados de su corazón debajo de esa camisa de holanes blanca, y sintió marearse, como si una fiebre repentina se hubiese introducido a su cuerpo. Levantó la tapa de la caja y salió de ahí un saco negro con ligeras rayas de gis blanco, como el de Jack.
-Es para las ocasiones especiales. –le dijo espontaneamente Elena.
Y esta era una de ellas. Timmy se quitó la capa, se puso el saco, volvió a ponerse la capa y agradeció a Elena. Elena abrazó a Timmy y le deseó mucha luz este y los próximos años, y tomando a su amigo de la mano, echaron a correr rumbo al jardín. Ahí, tenía lugar el show de tío Herman, quien vendado, lanzaba cuchillos a su asistente y novia Audrey, bailarina de can-cán que lo traía vuelto loco y que en este momento giraba sobre una gran ruleta de madera mientras Tío Herman sorprendía al público asistente con su puntería… para no atinarle a Audrey…
Después del espectáculo, Timmy y Elena fueron a jugar con los otros niños al laberinto de arbustos en el vasto jardín trasero, rebosante de árboles recortados en forma de figuras fantásticas. Todos corrieron felices por el laberinto, persiguiéndose, buscándose y escondiéndose. Para que no los descubrieran, Timmy llevó a Elena a un desnivel atrincherado por arbustos entre la maleza. Ahí, en medio de la oscuridad, vio los ojos negros de su amiga, y quedó hipnotizado.
-¿Qué ves, Timmy?
-Tus ojos.
-¿Qué tienen?
-Me veo en ellos.
Entonces la madre de Elena imploró su nombre. Era hora de irse. Media hora había sido demasiado. Si no, no habría fiesta. Timmy y mamá acompañaron a Elena y su familia hasta el portón de la mansión. Y ahí vieron el retumbar de los truenos en el cielo que comenzaba a oscurecer bajo los últimos rayos del atardecer. Unos aullidos lejanos le dieron la bienvenida a las estrellas que aparecían en el firmamento, confabulando los destinos de las criaturas nocturnas.
-¿Los escuchas, Timmy? –dijo mamá.
-¿Los perros?
-No son perros. Son los hijos de la noche. Tus aliados, que te avisarán dónde encontrar el alimento para tu alma. ¿Te la estás pasando bien?
-Sí. Aunque no quería que se fuera Elena.
-Algún día encontrarás a alguien que no se vaya y se quede contigo de por vida eterna.
Al entrar de nuevo a la casa, debajo de las escaleras, Timmy encontró la cajita musical que le había comprado a su amiga. Estaba tan emocionado que se le olvidó darle su regalo. Tenía que llevárselo. Pero en este momento pedían su presencia en el salón de proyecciones, pues sus padres le tenían una sorpresa: la proyección de “El Extraño mundo de Jack” en 3D.
La fiesta terminó después de la proyección. Tío Herman roncaba acostado sobre un sillón, sosteniendo una copa de cognac sin perder el equilibrio. Audrey lo cobijó con el edredón de piel de tigre blanco de la India y se despidió de la familia para irse a bailar al centro nocturno. En el comedor, Clarita tomaba algo de rompope y brindaba con Mario e Irving. Papá, mamá y Timmy entraban contentos a la casa tras haber despedido a los últimos invitados.
La hora de dormir había llegado. Clarita y compañía se fueron a seguir la fiesta y aprovechar que mañana 2 de noviembre sería un día de guardar bien merecido, Tío Herman se quedaría dormido en el sillón, roncando toda la noche, dándole pequeños tragos entre sueños a su cognac, papá cargó en hombros a Timmy y lo subió por la vieja escalera de madera que rechinaba en cada escalón, y mamá apagó las luces de la casa tras despedirse de todas las almas en pena que pasarían la noche en la planta baja de la casa.
Al llegar a su recámara, Timmy se puso el mameluco de gato negro que le regaló Clarita y se metió a la cama. Papá y mamá le leyeron Los pequeñines macabros de Edward Gorey, hasta que Timmy cerró los ojos para viajar al mundo de los sueños. Papá y mamá le humedecieron la frente con sus labios deseándole buena noche, su primera de vampiro, cerraron la puerta, y se besaron pensando que ahora sí, ya no habría nada que ocultarle a su hijo, que Timmy los haría muy felices, y que esa noche podrían afilar sus colmillos mutuamente hasta el amanecer sin preocuparse por el chico.
Fue una noche de tormenta. Timmy daba vueltas de un lado a otro de la cama. Se acomodaba boca arriba, boca abajo, de lado, pero no podía descansar, y no era precisamente por los ronquidos de Tío Herman. Las escenas del rito iniciático se le presentaban deslavadas en sangre inundando su recámara, un secor en la boca y calosfríos febriles se apoderaron de su cuerpo, quitándole toda fuerza para levantarse e ir al cuarto de sus papás. De entre las imágenes, sobrevino el instante en que Timmy se reflejó dentro de los ojos de Elena, y recordó lo que su padre le había dicho: “Si te ves en la profundidad de sus ojos…” Y pensó en todas las veces que podría estar junto a ella sin necesidad de pedirle permiso a sus papás, sin que tuviera que llegar el fin de cursos y Elena regresara a Alemania, su país natal, abandonándolo por los siglos de los siglos. Entonces, Timmy deseó con todo su corazón que Elena estuviera siempre a su lado, y decidió regalarle la vida eterna.
De entre las imágenes fantasmagóricas que proyectaban los árboles sacudiéndose sobre el techo y las paredes de su recámara, en medio de la luz hipnotizante de la luna, se escuchó el aullido de un lobo. Lon, hijo de la noche, entró a la recámara de Timmy para presentarse como su fiel guardián hasta que cumpliera la mayoría de edad. Con su hocico blanco y refinado, Lon destapó a Timmy, descubriendo el cuerpo de su amo, quien temblaba ante el primer aire frío del ansia de sangre.
Timmy se calmó de súbito. Tieso, poseído por una fuerza más allá de este mundo, se incorporó, se puso el saco que Elena le regaló y la capa obsequiada por su padre. Sus ojos irradiaban un rojo profundo que iluminaba como antorchas la oscuridad a su paso hasta llegar al pórtico de la mansión, donde Lon lo alcanzó cargando en su hocico la bolsa en la que Timmy había guardado el regalo de su amiga.
En un parpadeo, Timmy se descubrió volando por el jardín de su casa, admirando en la noche fantasmal el laberinto de arbustos donde Elena le mostró que era la indicada. Y tratando de esquivar ramas de grandes árboles en medio de la neblina, pensó que tendría que practicar mucho para evitar accidentes cuando adquiriera la forma de murciélago, mientras seguía el correr del río cuesta abajo de la ladera boscosa, hasta llegar a los linderos de la casa de Elena, y revoloteando, como alguna vez vio que lo hacían los colibríes, se acercó hasta llegar a la ventana que daba al balcón de la casa. Era el cuarto de Elena. Ahí estaba, acostada sobre su cama, respirando angelicalmente bajo un camisón blanco que le robaba la luz a la luna y volvía a deslumbrar los ojos murciélagos de Timmy.
La ventana de la recámara de Elena estaba cerrada con un candado de ajo, y por alguna extraña razón, Timmy comenzó a estornudar sin parar. Decidió entrar por la chimenea, como tantas veces imaginó Santa Claus lo habría hecho en su casa. Cuando llegó a la respiradera, el olor a hollín le arrancó otro estornudo, haciéndolo aterrizar de golpe en el hogar todavía ardiendo, disparándolo a la sala de la casa. Definitivamente tenía que practicar para mejorar su entrada.
Timmy sobrevoló las escaleras de la vieja casona en compañía de Lon, observando los cuadros de la familia, cantidades de antepasados en posiciones similares a los retratos de su casa, sólo que estos seres parecían llenos de luz, todos sosteniendo un crucifijo y una Biblia en la mano, y todos con el apellido Van Helsing. Y por un momento, estas imágenes le dieron más que escalofríos, hasta que llegó a la recámara de Elena.
Ahí, sobre la cama, cubierta bajo gasas transparentes del blanco más puro, respirando acompasadamente, en medio de un olor a violetas frescas y siemprevivas, con los truenos de la tormenta como música de fondo, dormía plácidamente Elena. Timmy, sintiendo la sed más endemoniada que había experimentado, hizo a un lado ese cabello lacio y luminoso, olió la piel aterciopelada de su amiga, y pensando que este sería el regalo de cumpleaños más hermoso que alguien podría darle, el regalo mutuo de vivir juntos por siempre, Timmy asomó los colmillos que para el dentista eran un logro envidiable de la naturaleza, y le acarició el cuello con sus labios.
Elena abrió los ojos hipnotizados por los de su amigo, y Timmy se reflejó en sus pupilas, creando un vórtice de luz cegadora transformándose en moléculas iridiscentes de completud dentro de su corazón. Y de dos se hizo uno. Timmy encajó sus colmillos en el cuello de su amada, y Elena dejó escapar un suave e imperceptible gemido evaporándose en la muerte de su vida ordinaria y naciendo a la vida eterna. Víctima de un estremecimiento en todo su ser, presa del horror al ver la sangre de su princesa embarrada en sus labios y descubrirse saboreándola con la lengua, Timmy se desmayó.
Lon lamió la cara de su amo, recostado en los brazos de Elena. Timmy se incorporó al sentir la saliva de su fiel protector limpiándole la cara. Faltaba una hora para el amanecer. Entonces Timmy sacó el regalo de su amiga de la caja, le dio cuerda y lo dejó sobre su cómoda. Y mientras la bailarina giraba en un piruet al compás de una melancólica melodía de Chopin, Timmy salió volando por la chimenea rumbo a casa, despidiéndose en un bostezo de Lon, que aullando, se perdió en el bosque hasta la noche siguiente en que él y su amo buscarían el festín de esa comezón por estar vivos.
Timmy llegó a casa, y tratando de no despertar a papá y mamá, que dormían con la puerta de la recámara entreabierta, se asomó agradeciéndoles infinitamente y en silencio, el gran regalo que había recibido y pudo compartir.
Entró a su cuarto. En lugar de cama se encontraba el hermoso ataúd que se abría para recibirlo, dejando ver su interior de terciopelo rojo encendido como las llamas del infierno que brotaban de su interior. Entonces Timmy cerró los ojos imaginando lo hermoso que sería compartir toda su vida y todas sus aventuras con Elena, por los siglos de los siglos por venir.
III
Minutos más tarde, el Dr. Víctor Von Van Helsing encontró a su hija Elena con un paro respiratorio. Afortunadamente, no se trataba más que del efecto colateral y pasajero de una mordida vampírica contrarrestada por el antídoto que por fin, después de incesantes investigaciones que cobraron las vidas de sus antepasados, había logrado desarrollar como parte de su proyecto científico en la Academia Nacional de Ciencias y Artes de Leipzig, revirtiendo el efecto viral del Nosferatu al victimario, pues desde que Elena le habló de Timmy, las sospechas sobre el chico y su familia lo orillaron a experimentar con su propia hija, logrando salvar su estirpe y su descendencia.
En el cuarto de Timmy, el reloj cucú en forma de cuervo marcaba las 12:01 p.m. El día se perfilaba como una gran celebración negra en la que toda la familia invocaría a sus muertos. Tres veces tocó mamá la puerta del cuarto. Timmy no respondió. Papá tocó otras tres veces la tapa del ataúd. Todo fue silencio. Entonces ambos abrieron el féretro.
Ahí, en el confinamiento de su propio deseo, Timmy yacía seco, con los ojos abiertos en un rictus de éxtasis, gozando el placer de un instante de vida eterna a cambio de la suya.
A Edward Gorey.
I
Cuando Timmy salió del dentista, el doctor le dijo a mamá que todo iba muy bien. Incluso se atrevió a comentar en tono de broma que sería un hombre de mucho colmillo. Esto representaba una ventaja para Timmy, pues gracias a su filuda dentadura, era el único niño de su clase que alcanzaba librarse del terrorífico taladro barrenador de dientes del dentista.
En la calle soleada, mamá extendió la gran sombrilla negra traída de aquel viaje a Rumania cuando visitaron el castillo de los abuelos, y cubrió a Timmy junto a ella. ¡Cómo disfrutaba Timmy ir al castillo de los abuelos! Recorrer esos interminables pasadizos secretos que lo conducían a la gran biblioteca con libreros de ébano que contenían la sabiduría de otros tiempos, elegantes y espaciosos salones de baile, juegos y armas, recámaras decoradas con mobiliario traído de exóticas y lejanas tierras por sus antepasados. Y al atardecer, justo antes de la merienda, salir a correr y revolcarse en los grandes jardines con intrincados laberintos de arbustos, fuentes esculturales y hermosas higueras. Y entonces, al caer el sol, subir hasta la torre del castillo para ver romper el Mar Negro en toda su tempestad, mientras su capa se eleva al viento y sus ojos se iluminan en un fulgor demoníaco al escuchar rugir los truenos, verlos fundirse con el horizonte y darle la vuelta a los confines de la esfera terrestre.
La carroza fúnebre llegó. La manejaba Mario, un hombre pálido y ojeroso de cabello chino e impecablemente vestido con uniforme de chofer, gorra y guantes blancos incluidos. Esta era la parte que más disfrutaba Timmy de salir con mamá: entrar a la carroza, deslizarse en los sillones de terciopelo negro, ver Ernest o Mona la Vampira en la pantalla adaptada al vehículo, escuchar The Horrors en el estéreo, o simplemente tomar sangría mientras jugaba a subir y bajar la ventana eléctrica, dejar al viento revolver su cabellera y hacerlo parpadear para descubrir microscópicos halos de luz filtrándose por sus pestañas formando caleidoscopios.
El día de hoy, 1 de noviembre, a las 12 de la noche de Transilvania, 6 de la tarde de México, Timmy cumpliría 7 años. Según la tradición familiar, tendría lugar un arcano rito de iniciación que el chico esperaba con ansiosa curiosidad desde que nació, cuando papá y mamá lo alumbraron en la Ceremonia de Recibimiento y le prometieron que en su séptimo año de vida, le concederían el más grande regalo que se le podía dar a alguien en el mundo, un don que superaba en infinitos grados de intensidad al de la propia vida.
En cuanto llegó a casa, una mansión gótica del siglo XIX ubicada en la inmensidad del bosque, rebosante de balcones agrietados por el tiempo, frondosos eucaliptos verde oscuro y oyameles que se elevan hasta las nubes, Timmy cruzó la planta baja decorada con adornos de Halloween, Día de Muertos y un pendón que decía “Feliz cumpleaños, Timmy”, y bajó dando saltos al sótano, su cuarto de juegos. Ahí, mientras mamá preparaba el ponche de grosella y frutas rojas receta de la casa, Timmy comenzó a iluminar el dibujo de Santo luchando contra una vampira que calcó de un fotograma encontrado en los viejos recuerdos de su difunta tía abuela, actriz de Santo contra las Mujeres Vampiro.
De pronto, Timmy escuchó un rechinido en el rincón oscuro del sótano y se acercó sigilosamente para ver de qué se trataba. Ante sus ojos, el sarcófago egipcio regalado por un diplomático inglés a papá, embajador de Rumania en México, se desplomó, abriéndose y dejando salir a tío Herman, quien se había quedado atrapado al practicar su número de escapismo disfrazado de la momia Tutankamon.
-¡Wow! ¡Eso sí que es regresar de ultratumba! –expresó tío Herman tratando de recobrar el aire- ¿Listo para esta noche, pequeño Timmy?
-¡Sí! ¿Tú sabes qué me regalarán esta noche, Tío Herman?
-Lo sabrás cuando llegue la hora. Lo único que puedo decirte es… ¡Qué te voy a regalar! ¡Te leeré las cartas!.
A Timmy le deslumbraba ver todas esas imágenes místicas llenas de rayos luminosos, seres que vuelan, soles, lunas, jarrones, espadas, paisajes, caminos que se pierden en el horizonte, escaleras al cielo, fuentes, demonios y ángeles. Y durante las tres distintas tiradas, le salieron las tres mismas cartas: el diablo, el amor y la fuente de la vida.
-Estas fueron las cartas del alquimista Alister Crowley, y son infalibles. Leo en ellas que tu futuro se abre ante la fuente de la dicha que lleva a la larga vida. Encontrarás un amor que te llevará por el camino de la felicidad si respetas los designios del Padre Tiempo. El don que hoy estás por recibir podrá hacerte sabio, poderoso y amado. Pero si únicamente te dejas llevar por el resplandor de la apariencia, y el fuego del ansia animal de poder, vida y conocimiento, te arrollara en el alarido salvaje de la impaciencia más allá de la razón, sin estar preparado, sin hacerle caso al alma o consultarlo si quiera con tu corazón, haciéndole daño a quien más quieres, las sombras de millones de reinos de tinieblas que respiran en el mundo desde antes de todos los tiempos se cernirán sobre ti y tu descendencia. Acepta con júbilo todo lo que hoy se te dará. Respeta y atiende las señales del destino. Se paciente. Espera alerta la decisión de tu corazón y no la de tu ambición natural, y entonces serás digno sucesor de tu padre y de toda tu antigua dinastía, encontrarás la prosperidad y tendrás una vida muy feliz.
Timmy no alcanzaba a comprender los enigmáticos acertijos de su tío. Sin embargo, la parte del amor le gustaba y lo llenaba de ensoñaciones. En eso sí le habían atinado las cartas del Sr. Crowley. Porque, por primera vez, el corazón de Timmy, a sus casi 7 años, latía por alguien más: Elena, su compañera de clase.
Los grandes ojos negros y brillantes de Elena, y ese gusto que compartían por leer historias de espantos y aparecidos, provocaban en Timmy una sensación de vacío llenando de aire el estómago cada vez que la veía, provocándole una extraña mezcla de emoción con escalofríos. A veces, Timmy estaba a punto de soltarlo todo, de decirle tantas cosas a Elena, y al momento de hacerlo, solo salía silencio, un silencio que la chica comenzaba a interpretar respondiendo con sonrisas y pestañeos pispiretos justo cuando la campana rompía el encanto del patio de recreo, y entonces regresar al gris y frío salón de clases. Frío como una tumba, pensaba Timmy.
Esta sería la primera vez que Elena iría a casa de Timmy.
-Poco tiempo y sólo por tratarse de su cumpleaños- le dijo mamá a Elena.
-Convendrá ir a asomarnos. Ese chico y su familia siempre me han parecido sospechosos- afirmó papá.
-¿Cómo que sospechosos, papi?
-Así hija, medio macabros, tétricos, raros. Es mejor estar seguros de con quién te llevas en la escuela.
-Pero Timmy es mi mejor amigo. Y no tienes nada qué temer de él. No es como los demás niños, brusco, peleonero, o como el hijo de tu amigo Frank, que lo castigaron por haber pisado una rana para llevársela al laboratorio de su papá y revivirla. En cambio Timmy… -suspirando- hasta le gusta leer. -Exacto, hijita, desde que te juntas con ese chico estás leyendo cosas muy raras y hablas en la noche. Y lo que haga o no Frank, es su problema.
-Definitivamente iremos a la fiesta de ese Timmy, pero de entrada por salida.
-Pero…
-Eso fue todo señorita, o mañana no habrá fiesta de cumpleaños.
Elena cumplía un día después de Timmy. “Somos amigos del mismo signo, acuario”, le dijo el chico después de que se presentara y le regalara un pedazo de su chocolate. Más le valía a Elena cerrar la boca, portarse bien ante los ojos de sus papás y mantener en secreto esa nueva atracción que sentía por su amigo, y que iba más allá de compartirle el sándwich de mermelada de fresa en el salón. Y así lo hizo.
Papá llegó a casa. Al verlo entrar con ese aire de adusta firmeza que inspiraba su porte de doctor en historia antigua de Europa, Clarita, la mucama albina, se dispuso a poner la mesa con la dedicación necesaria para que el señor Vladimir le diera el día libre mañana y así poder salir con Irving, jardinero de la casa por las mañanas y enterrador por las noches. Papá dejó abrigo, sombrero y bastón en el perchero, e inmediatamente fijó sus ojos severos en los de Timmy, quien sin perturbarse, le sostuvo la mirada. Entonces Don Vladimir explotó con la sonrisa más grande de la que era capaz debajo de esos bigotes afileteados por su barbero italiano, y recibió a Timmy en sus brazos, orgulloso de ser el padre de otro prodigio Dracul que cumplía 7 años.
La hora del rito se acercaba, pero antes, un preludio. Los abuelos mandaron desde Transilvania una cinta filmada en 16 mm que se proyectó en el pequeño cine de 20 butacas en la sala contigua al estudio de papá. En la película, abuelo y abuela le deseaban a su nieto el inicio de una nueva vida llena de felicidad, recomendándole siempre recordara sus orígenes y sobre todo, su misión en este mundo. Y por supuesto, como regalo de cumpleaños, había un boleto abierto a Transilvania para que Timmy fuera cuando quisiera. Ahí podrían presentarlo ante la sociedad, sus amigos y la cofradía secreta que presidía el abuelo, Los Dragones Dorados, una legión de antiguos caballeros que propagaban la sabiduría a través de la magia y la alquimia.
Una vez terminada la proyección, marcaron las 6, y comenzó la ceremonia de iniciación. Papá, mamá y tío Hermann, llevaron a Timmy a una cámara secreta detrás del librero con los volúmenes de mitología fantástica de la biblioteca. La escena, entre paredes negras y rojas de donde pendían cuadros de antiguos familiares, estaba formada por un ataúd reluciente color negro, flanqueado por cuatro cirios encendidos y arreglos florales con las rosas de Juárez más negras que Timmy había visto en su vida.
Mamá le puso a su hijo una bella capa de seda china color negro que reflejaba las flamas danzantes de las velas queriendo desprenderse del cirio y elevarse al cielo. Papá también se puso una capa y cubrió su rostro con una máscara de metal y con el gesto de un rictus demoníaco fuera de este mundo.
Tío Herman hacía música con el Theremin que sus primos utilizaron para musicalizar películas mexicanas de ciencia ficción y que en este momento llevaba a Timmy a un estado de trance sonoro. Por la cabeza del chico solo atravesaban las ganas de ver a Elena y regalarle la cajita musical que le había comprado en la vetusta tienda de antigüedades donde mamá adquiría su joyería. Se trataba de un cofrecito de hierro forjado en Toledo que resguardaba a una princesa de rasgos afilados girando sobre su propio eje, en una punta, al ritmo de una melodía de Frederich Chopin. Y cuando Timmy vio la cajita, pensó que al regalársela a Elena podría por fin decirle que la quería como su princesa.
Mamá le descubrió el pecho y el cuello a su hijo, indicándole se hincara en el reclinatorio frente a su padre, quien preparaba la unción con aceites y un líquido rojo y viscoso más parecido a la sangre que al ponche de grosella y frutas rojas de mamá. Papá habló.
-Timmy, hijo mío. Durante siglos, desde la aparición del ser humano sobre la Tierra, la dinastía Dracul ha sido sinónimo de caballeros, guerreros de la noche e ilustrados. Lo mismo reyes, que artistas o poetas, grandes guías espirituales, estadistas, amantes o conquistadores, nuestra familia ha prolongado su existencia fortaleciéndose a lo largo de los años, manteniendo intacta su beta sanguínea y, lo que es más importante, hijo mío, cada uno de sus miembros ha tenido el privilegio de recibir el regalo más maravilloso que existe en el Universo: la vida eterna.
Mamá colocó en el atril de lectura el antiguo libro de Nod. Al abrirlo, levantó polvo haciendo estornudar y toser a los presentes. Timmy se preguntaba si papá tendría más máscaras así y si podría prestarle unas para ir a próximas fiestas de disfraces. Tío Herman lo cargó e introdujo al ataúd. Timmy no sabía qué pensar. Para él los ataúdes tenían más que ver con muerte y el frío de su salón que con vida eterna. Pero, como le dijo tío Hermann, debía seguir con devoción cada parte del rito, pues solo así podría conocer ese regalo que llevaba esperando 7 largos años, y después, disfrutar con Elena y sus amigos la tan anhelada fiesta de disfraces.
-Aquí, en este féretro, de ahora en adelante, recostarás tus alegrías, tus penas, tus ensoñaciones diurnas, tus pesadillas, tus deseos; el fuego interno que hoy está por encenderse en tu alma errante. Esta caja negra será ahora tu casa en el mundo, el hogar que llevarás contigo a donde vayas, arropándote con la tierra de los montes Cárpatos Transilvanos, que te recordará por siempre tus orígenes y donde podrás ocultarte largas horas del terrible sol que cegará tu visión y que nunca más volverás a ver de manera directa, viviendo de noche, durmiendo de día, y a la escuela por la tarde.
Al decir esto, papá pasó sus manos por el cuerpo de Timmy, creando un campo magnético entre sus palmas y el corazón del chico. Timmy sentía que algo dentro de él comenzaba a revolverse, algo así como el vacío en el estómago que experimentaba cuando se despedía de Elena. Y tuvo ganas sordas de gritar, como si le extrajeran el corazón y le sacaran el aire. Entonces le dieron el brebaje.
-Esta es la sangre de la alianza eterna con el reino de la oscuridad. De ahora en adelante, Timmy, con este virginal líquido en ti, sentirás la necesidad de ese calor de 36ºC que nos llena de vida y juventud.
¿Sangre?, pensó Timmy. ¿De verdad me están dando a beber sangre? Sabe diferente a la que probé cuando me raspé la rodilla. Esta es dulce, el sabor más delicioso que he conocido, mejor que el ponche de mamá.
-Ahora, hijo, es momento de que sepas realmente quién eres. Tu madre y yo estamos a punto de regalarte la vita aeternus. Consérvala a través de la sangre joven de doncellas, quienes serán tu alimento vital, pero sólo a una podrás compartirle la generosa gracia que estamos a punto de brindarte. Y cuando llegado el tiempo encuentres a tu dama de la noche interminable, deberás darle de tu boca el designio infinito que la haga eterna compañera en tu reinado de tinieblas. Para lograr esto, tendrás que entrenarte, llegar a la templanza de tu sangre, el dominio de tu corazón, amaestrando sus signos malignos y combatiendo los obstáculos que encuentres a tu paso, tales como cazadores nocturnos, super luchadores y buscadores de fenómenos paranormales. Día con día, me encargaré de prepararte para que llegues al objetivo que te ha sido encomendado: unir de nuevo a nuestra raza y hacerla una fuerza mundial. Ahora, toda la sabiduría que corre por mis venas desde hace más de 2000 años, así como el impetuoso instinto de vida que respira en tu madre, te pertenecerán a través de nuestra extremaunción. Hijo, hoy te haces un vampiro, y hoy naces a la vida eterna.
Al decir esto, papá y mamá besaron ambos lados del cuello de su hijo, asomaron sus colmillos, y se los clavaron en la yugular, arrancándole un suave y agudo grito suspirado desde lo último de ser humano que se despedía de Timmy. Entonces su visión se fue a un negro total y se vio sumido en un sueño plagado de imágenes sangrientas; peleas entre ángeles y demonios, sombras que se acercaban para arroparlo en medio de la oscuridad, las caras de sus abuelos, sus padres y Elena, la bella Elena que inspiraba en él tanta vitalidad, tantas cartas de amor que no le había dado por temor a romper esa amistad que Elena sentía 1005 sincera y que cada uno de ellos, por su parte, había deseado algún día fuera para siempre.
Y el sonido del Theremin lo llevó a Timmy volando por las escarpadas montañas de Transilvana, atravesando cámaras y recámaras de antiguos castillos, tempestades marinas divisándose desde enormes riscos, atardeceres encendidos que lo llenaban de vida…
Y sintió dentro de él un calor que se convertía en sudor frío, en ansiedad de poder, conocimiento y sangre joven…
II
Tío Herman abrió el féretro, y Timmy, de cara mortecina y ojerosa, fue recibido con un gran aplauso y un pastel en forma de Batman, su superhéroe favorito, con 10 velas encendidas.
-¡Bienvenido a la larga y jugosa vida eterna, hijo mío!
-¡Corazón, recuerda que siempre deberás guardar este secreto y escoger con mucha cautela a quién le regalas tu don, tal como tu padre me lo dio a mí!
-Sólo vela a los ojos, y si en la oscuridad más profunda alcanzas a reflejarte en el centro de sus pupilas, será la señal que te indique debes regalarle lo que acabas de recibir.
-Cuando sientas la necesidad, el ansia, no podrás contenerte, pues es condición de nuestra existencia. –Así le previno mamá de no resistirse al llamado de la sangre, mientras le regalaba una edición del siglo XIX de Drácula– Esto es lo que han dicho de nosotros. La única realidad es que cuando amamos a alguien, cuando encontramos la causa de nuestra emoción, estamos condenados a regalarle la inmortalidad.
Clarita entró para avisar que los niños habían comenzado a llegar. Entonces Timmy corrió a su espejo para arreglarse, pero ya no había reflejo.
-Viene con el paquete, hijo –le hizo saber tío Herman- Ya nunca más podrás verte en un espejo. De hecho, deberás cuidarte de ellos para toda la vida, porque pueden delatarte.
Y después de estrellar su espejo de niño para nunca más olvidarse de su imagen, Timmy y toda la familia salieron a recibir a sus invitados, quienes a cada saludo, no dejaban de admirar su elegante y lustrosa capa.
-¡Oorale!
-¡Pareces un vampiro de verdad!
Elena llegó a la fiesta. Su cabello azul oscuro relumbraba como un aura, el vestido de tirantes que le llegaba hasta la rodilla, disfrazada como Coraline, le daba un inspirador aire de ternura y belleza. Y entonces, Timmy deseó que este momento durara para siempre. ¿Pero por qué conformarme con este momento si puedo hacer que Elena y yo estemos juntos por siempre de los siempres? Y al saludarse, Elena le dio a Timmy una caja negra de cartón con un moño lila y una tarjetita que decía: “Por este y muchos cumpleaños. Tu siempre amiga, Elena”. Mi siempre amiga Elena, pensó, y fue cuando Timmy supo que podrían ser algo más que amigos. Abrió el regalo torpemente debido a los bombeos dilatados de su corazón debajo de esa camisa de holanes blanca, y sintió marearse, como si una fiebre repentina se hubiese introducido a su cuerpo. Levantó la tapa de la caja y salió de ahí un saco negro con ligeras rayas de gis blanco, como el de Jack.
-Es para las ocasiones especiales. –le dijo espontaneamente Elena.
Y esta era una de ellas. Timmy se quitó la capa, se puso el saco, volvió a ponerse la capa y agradeció a Elena. Elena abrazó a Timmy y le deseó mucha luz este y los próximos años, y tomando a su amigo de la mano, echaron a correr rumbo al jardín. Ahí, tenía lugar el show de tío Herman, quien vendado, lanzaba cuchillos a su asistente y novia Audrey, bailarina de can-cán que lo traía vuelto loco y que en este momento giraba sobre una gran ruleta de madera mientras Tío Herman sorprendía al público asistente con su puntería… para no atinarle a Audrey…
Después del espectáculo, Timmy y Elena fueron a jugar con los otros niños al laberinto de arbustos en el vasto jardín trasero, rebosante de árboles recortados en forma de figuras fantásticas. Todos corrieron felices por el laberinto, persiguiéndose, buscándose y escondiéndose. Para que no los descubrieran, Timmy llevó a Elena a un desnivel atrincherado por arbustos entre la maleza. Ahí, en medio de la oscuridad, vio los ojos negros de su amiga, y quedó hipnotizado.
-¿Qué ves, Timmy?
-Tus ojos.
-¿Qué tienen?
-Me veo en ellos.
Entonces la madre de Elena imploró su nombre. Era hora de irse. Media hora había sido demasiado. Si no, no habría fiesta. Timmy y mamá acompañaron a Elena y su familia hasta el portón de la mansión. Y ahí vieron el retumbar de los truenos en el cielo que comenzaba a oscurecer bajo los últimos rayos del atardecer. Unos aullidos lejanos le dieron la bienvenida a las estrellas que aparecían en el firmamento, confabulando los destinos de las criaturas nocturnas.
-¿Los escuchas, Timmy? –dijo mamá.
-¿Los perros?
-No son perros. Son los hijos de la noche. Tus aliados, que te avisarán dónde encontrar el alimento para tu alma. ¿Te la estás pasando bien?
-Sí. Aunque no quería que se fuera Elena.
-Algún día encontrarás a alguien que no se vaya y se quede contigo de por vida eterna.
Al entrar de nuevo a la casa, debajo de las escaleras, Timmy encontró la cajita musical que le había comprado a su amiga. Estaba tan emocionado que se le olvidó darle su regalo. Tenía que llevárselo. Pero en este momento pedían su presencia en el salón de proyecciones, pues sus padres le tenían una sorpresa: la proyección de “El Extraño mundo de Jack” en 3D.
La fiesta terminó después de la proyección. Tío Herman roncaba acostado sobre un sillón, sosteniendo una copa de cognac sin perder el equilibrio. Audrey lo cobijó con el edredón de piel de tigre blanco de la India y se despidió de la familia para irse a bailar al centro nocturno. En el comedor, Clarita tomaba algo de rompope y brindaba con Mario e Irving. Papá, mamá y Timmy entraban contentos a la casa tras haber despedido a los últimos invitados.
La hora de dormir había llegado. Clarita y compañía se fueron a seguir la fiesta y aprovechar que mañana 2 de noviembre sería un día de guardar bien merecido, Tío Herman se quedaría dormido en el sillón, roncando toda la noche, dándole pequeños tragos entre sueños a su cognac, papá cargó en hombros a Timmy y lo subió por la vieja escalera de madera que rechinaba en cada escalón, y mamá apagó las luces de la casa tras despedirse de todas las almas en pena que pasarían la noche en la planta baja de la casa.
Al llegar a su recámara, Timmy se puso el mameluco de gato negro que le regaló Clarita y se metió a la cama. Papá y mamá le leyeron Los pequeñines macabros de Edward Gorey, hasta que Timmy cerró los ojos para viajar al mundo de los sueños. Papá y mamá le humedecieron la frente con sus labios deseándole buena noche, su primera de vampiro, cerraron la puerta, y se besaron pensando que ahora sí, ya no habría nada que ocultarle a su hijo, que Timmy los haría muy felices, y que esa noche podrían afilar sus colmillos mutuamente hasta el amanecer sin preocuparse por el chico.
Fue una noche de tormenta. Timmy daba vueltas de un lado a otro de la cama. Se acomodaba boca arriba, boca abajo, de lado, pero no podía descansar, y no era precisamente por los ronquidos de Tío Herman. Las escenas del rito iniciático se le presentaban deslavadas en sangre inundando su recámara, un secor en la boca y calosfríos febriles se apoderaron de su cuerpo, quitándole toda fuerza para levantarse e ir al cuarto de sus papás. De entre las imágenes, sobrevino el instante en que Timmy se reflejó dentro de los ojos de Elena, y recordó lo que su padre le había dicho: “Si te ves en la profundidad de sus ojos…” Y pensó en todas las veces que podría estar junto a ella sin necesidad de pedirle permiso a sus papás, sin que tuviera que llegar el fin de cursos y Elena regresara a Alemania, su país natal, abandonándolo por los siglos de los siglos. Entonces, Timmy deseó con todo su corazón que Elena estuviera siempre a su lado, y decidió regalarle la vida eterna.
De entre las imágenes fantasmagóricas que proyectaban los árboles sacudiéndose sobre el techo y las paredes de su recámara, en medio de la luz hipnotizante de la luna, se escuchó el aullido de un lobo. Lon, hijo de la noche, entró a la recámara de Timmy para presentarse como su fiel guardián hasta que cumpliera la mayoría de edad. Con su hocico blanco y refinado, Lon destapó a Timmy, descubriendo el cuerpo de su amo, quien temblaba ante el primer aire frío del ansia de sangre.
Timmy se calmó de súbito. Tieso, poseído por una fuerza más allá de este mundo, se incorporó, se puso el saco que Elena le regaló y la capa obsequiada por su padre. Sus ojos irradiaban un rojo profundo que iluminaba como antorchas la oscuridad a su paso hasta llegar al pórtico de la mansión, donde Lon lo alcanzó cargando en su hocico la bolsa en la que Timmy había guardado el regalo de su amiga.
En un parpadeo, Timmy se descubrió volando por el jardín de su casa, admirando en la noche fantasmal el laberinto de arbustos donde Elena le mostró que era la indicada. Y tratando de esquivar ramas de grandes árboles en medio de la neblina, pensó que tendría que practicar mucho para evitar accidentes cuando adquiriera la forma de murciélago, mientras seguía el correr del río cuesta abajo de la ladera boscosa, hasta llegar a los linderos de la casa de Elena, y revoloteando, como alguna vez vio que lo hacían los colibríes, se acercó hasta llegar a la ventana que daba al balcón de la casa. Era el cuarto de Elena. Ahí estaba, acostada sobre su cama, respirando angelicalmente bajo un camisón blanco que le robaba la luz a la luna y volvía a deslumbrar los ojos murciélagos de Timmy.
La ventana de la recámara de Elena estaba cerrada con un candado de ajo, y por alguna extraña razón, Timmy comenzó a estornudar sin parar. Decidió entrar por la chimenea, como tantas veces imaginó Santa Claus lo habría hecho en su casa. Cuando llegó a la respiradera, el olor a hollín le arrancó otro estornudo, haciéndolo aterrizar de golpe en el hogar todavía ardiendo, disparándolo a la sala de la casa. Definitivamente tenía que practicar para mejorar su entrada.
Timmy sobrevoló las escaleras de la vieja casona en compañía de Lon, observando los cuadros de la familia, cantidades de antepasados en posiciones similares a los retratos de su casa, sólo que estos seres parecían llenos de luz, todos sosteniendo un crucifijo y una Biblia en la mano, y todos con el apellido Van Helsing. Y por un momento, estas imágenes le dieron más que escalofríos, hasta que llegó a la recámara de Elena.
Ahí, sobre la cama, cubierta bajo gasas transparentes del blanco más puro, respirando acompasadamente, en medio de un olor a violetas frescas y siemprevivas, con los truenos de la tormenta como música de fondo, dormía plácidamente Elena. Timmy, sintiendo la sed más endemoniada que había experimentado, hizo a un lado ese cabello lacio y luminoso, olió la piel aterciopelada de su amiga, y pensando que este sería el regalo de cumpleaños más hermoso que alguien podría darle, el regalo mutuo de vivir juntos por siempre, Timmy asomó los colmillos que para el dentista eran un logro envidiable de la naturaleza, y le acarició el cuello con sus labios.
Elena abrió los ojos hipnotizados por los de su amigo, y Timmy se reflejó en sus pupilas, creando un vórtice de luz cegadora transformándose en moléculas iridiscentes de completud dentro de su corazón. Y de dos se hizo uno. Timmy encajó sus colmillos en el cuello de su amada, y Elena dejó escapar un suave e imperceptible gemido evaporándose en la muerte de su vida ordinaria y naciendo a la vida eterna. Víctima de un estremecimiento en todo su ser, presa del horror al ver la sangre de su princesa embarrada en sus labios y descubrirse saboreándola con la lengua, Timmy se desmayó.
Lon lamió la cara de su amo, recostado en los brazos de Elena. Timmy se incorporó al sentir la saliva de su fiel protector limpiándole la cara. Faltaba una hora para el amanecer. Entonces Timmy sacó el regalo de su amiga de la caja, le dio cuerda y lo dejó sobre su cómoda. Y mientras la bailarina giraba en un piruet al compás de una melancólica melodía de Chopin, Timmy salió volando por la chimenea rumbo a casa, despidiéndose en un bostezo de Lon, que aullando, se perdió en el bosque hasta la noche siguiente en que él y su amo buscarían el festín de esa comezón por estar vivos.
Timmy llegó a casa, y tratando de no despertar a papá y mamá, que dormían con la puerta de la recámara entreabierta, se asomó agradeciéndoles infinitamente y en silencio, el gran regalo que había recibido y pudo compartir.
Entró a su cuarto. En lugar de cama se encontraba el hermoso ataúd que se abría para recibirlo, dejando ver su interior de terciopelo rojo encendido como las llamas del infierno que brotaban de su interior. Entonces Timmy cerró los ojos imaginando lo hermoso que sería compartir toda su vida y todas sus aventuras con Elena, por los siglos de los siglos por venir.
III
Minutos más tarde, el Dr. Víctor Von Van Helsing encontró a su hija Elena con un paro respiratorio. Afortunadamente, no se trataba más que del efecto colateral y pasajero de una mordida vampírica contrarrestada por el antídoto que por fin, después de incesantes investigaciones que cobraron las vidas de sus antepasados, había logrado desarrollar como parte de su proyecto científico en la Academia Nacional de Ciencias y Artes de Leipzig, revirtiendo el efecto viral del Nosferatu al victimario, pues desde que Elena le habló de Timmy, las sospechas sobre el chico y su familia lo orillaron a experimentar con su propia hija, logrando salvar su estirpe y su descendencia.
En el cuarto de Timmy, el reloj cucú en forma de cuervo marcaba las 12:01 p.m. El día se perfilaba como una gran celebración negra en la que toda la familia invocaría a sus muertos. Tres veces tocó mamá la puerta del cuarto. Timmy no respondió. Papá tocó otras tres veces la tapa del ataúd. Todo fue silencio. Entonces ambos abrieron el féretro.
Ahí, en el confinamiento de su propio deseo, Timmy yacía seco, con los ojos abiertos en un rictus de éxtasis, gozando el placer de un instante de vida eterna a cambio de la suya.
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